(XIV) Delirio en un cuarto sin término
Sedienta, desembocada,
con el pulso elevado a la n-ésima potencia
abre los ojos
y absorbe la imagen
de un cuarto lúgubre, cubierto de sombras,
que embebe luz apagada.
Ácaros que se deslizan
por la infinita moqueta de sisal
son los únicos habitantes;
ni cuerpos sólidos que reflejen
ni paredes en las que proyectar,
sólo voces que se alzan en su mente,
como vigas,
mientras yace en el solar.
Inmóvil, paralizada,
con una creciente sensación de desenfreno
se precipita
y fuera de sí
sobrevuela pasajes psicotrópicos
ya perpetua en el delirio.
(XIII) Soberbia
Sucios y soeces versos que sacian
una espera que aguardó esperanzada,
mientras sus vainas baratas se vacían
del dolor que la mantuvo alzada.
Mas sin su sinfín salero la agracian
los besos del Señor, y ya ensalzada
en el reino de los parias, se gana
la quintaesencia de un perdón que sana.
A mis obligaciones
Cumpliendo con mi oficio
piedra con piedra, pluma a pluma,
pasa el invierno y deja
sitios abandonados,
habitaciones muertas:
yo trabajo y trabajo,
debo substituir
tantos olvidos,
llenar de pan las tinieblas,
fundar otra vez la esperanza.
No es para mí sino el polvo,
la lluvia cruel de la estación,
no me reservo nada
sino todo el espacio
y allí trabajar, trabajar,
manifestar la primavera.
A todos tengo que dar algo
cada semana y cada día,
un regalo de color azul,
un pétalo frío del bosque,
y ya de mañana estoy vivo
mientras los otros se sumergen
en la pereza, en el amor,
yo estoy limpiando mi campana,
mi corazón, mis herramientas.
Tengo rocío para todos.
Pablo Neruda (Navegaciones y regresos, 1959)
(XII) Tres lazos

Sólo pensamientos...
Sólo pensamientos
sostenidos siempre,
por un simple esqueleto.
Vida fuera,
alma dentro,
muerte eterna.
Sólo sentimientos
ahogados siempre,
en un vaso incompleto.
Vida fuera,
alma dentro,
muerte eterna.
Sólo mandamientos
incumplidos siempre,
por voluntarios ciegos.
Vida fuera,
alma dentro,
muerte eterna.
Creí pasar mi tiempo
Creí pasar mi tiempo
amando
y siendo amada
comienzo a darme cuenta
que lo pasé despedazando
mientras era a mi vez
des
pe
da
za
da.
Claribel Alegría (Sobrevivo, 1976)
(XI) A mi abuelo
Silueta rígida, errante,
camina alto…
en silencio calla y prosigue.
Pisadas profundas quedan atrás.
El conjuro de la noche desenlaza
en lluvia que cala hondo;
con el pecho mojado
y la frente fruncida
observa fijamente:
aún queda trecho por recorrer.
A su espaldas un saco:
retales de tela vieja,
hilachos negros, y dos cuerdas
a modo de asa.
Miles de recuerdos tallados
en cada tachuela, y andanzas
de una época ardua
ancladas en el bolsillo.
¡Caminante que caminas
sin saber a dónde!
Despierta hija, que ya es tarde.
Coge el saco de tu abuelo, y guárdalo
contigo, por siempre.
Un alma más que vuela lejos, y otra
en casa, aguardando.
Amor efímero
Con cada una de estas líneas
esbozaré nuestra efímera
utopía de fantasía.
Cierra los ojos e imagina, una
utopía donde nuestras miradas
duran más que breves momentos.
Una utopía donde puedo acariciarte
sin tener una excusa, cierra los ojos
e imagina, que ahora estoy ahí.
Leyendo cada una de estas líneas
realzando cada uno de tus infinitos
encantos, cierra los ojos e imagina.
Que por fin no hay barreras,
que podemos besarnos sin que
tengamos solo que imaginarlo.
Abre ahora tus ojos, y guarda
esta esencia, esta utopía para cuando
más la necesites, para que me recuerdes.
Vuelve a cerrar los ojos e imagina …
Francisco Rincón Liévana, Autor y Soñador
(X) Y es verdad que vuelve
Y es verdad que vuelve.
Se aleja, desaparece,
no deja huella.
Y se pierde porque olvida
y olvida porque pierde.
Pero regresa por lo suyo
y es verdad que vuelve.
Y huye porque ya huía,
y no encuentra lo que busca
pero sigue huyendo, y buscando,
y busca, encuentra y huye.
(IX) CORDVBA
Levanta la mirada
mi buen compañero.
Nace Cordvba, con
la batalla de Ilipa.
Murallas de arena erguidas
asedian la urbe,
carretas que portan los cobres,
aprisa, desde la sierra,
columnas de piedra a hombros
para el teatro, para las termas,
miles de manos cargan el peso
a cuestas,
del Imperio, de mi tierra.
Un ejército de soldados
toma el puente, sin miedo,
aún a sabiendas de su sangre
galopan valientes.
Saquean nuevas conquistas
a fuerza de espada;
su esplendor, a caballo,
atraviesa las fronteras
del Imperio, de mi tierra.
Cuna de sabios, fuente
de escritos, filósofos
y poetas.
Me confieso hoy enamorada
del Imperio, de mi tierra.
(VIII) Eterno deseo
[Una mirada fija. Otra se cruza
de pasada, lejos.
Cae la noche, el silencio. Suspiros que
emanan, ya secos.
Brilla la luz en la penumbra, estalla
un nuevo recuerdo.
Cae la noche, el silencio. En un duelo
se baten, perplejos.
Aterida en el aire, una silueta
acude al encuentro…]
Antiguos amantes, viajeros, cómplices
del eterno deseo
que surge en la unión de dos almas y queda
perenne en el tiempo,
(como el cuadro que inmortaliza un paisaje
agreste, sin miedo,
como la noche azur intensa que sólo
luce sentimiento,
como la mañana bermeja que alumbra
retoños de invierno,
como los versos escritos bajo el más
profundo misterio),
sí, eterno deseo
que forja en la distancia perpetuo amor
de pecado exento,
regalando la conciencia de la vida
propia, del momento,
de la existencia humana que pervive
ante el universo,
del bien y del mal desde siempre, anclados
en un mismo cuerpo;
sí, eterno deseo
que marca un hito en la historia del más
dulce de los besos,
que abre los ojos del ciego que se jacta,
no ajeno, de serlo,
que guarda fragancias lascivas del acto
mutuo más bello,
que sonríe a su destino porque sabe
no es perecedero.
Sí, eterno deseo.
Una mirada fija. Otra se cruza
de pasada, lejos.
Cae la noche, el silencio. Suspiros que
emanan, ya secos.
Brilla la luz en la penumbra, estalla
un nuevo recuerdo.
Cae la noche, el silencio. En un duelo
se baten, perplejos.
Aterida en el aire, una silueta
acude al encuentro.









